En los andenes del tren ya no ves a unos novios intercambiarse miradas mientras un reloj marca una inexorable despedida; ya no hay maletas atadas con una cuerda, con pocos enseres en el interior y muchas ilusiones. No ves ojos llorosos ni pañuelos al viento. Aquellos trenes decimonónicos de una España en blanco y negro han dado paso a portentosas máquinas que circulan a más de trescientos kilómetros por hora. Ahora, los andenes son silenciosos y los pasajeros distraen su espera pendientes del móvil. Ya no se viven tantas emociones en las estaciones del tren…