Bajo el cielo encapotado de noviembre, se alza la vieja catedral de Segovia, una ciudad por la que no pasa el tiempo. La alta torre se dispara hacia arriba como si llevara consigo los deseos de espiritualidad de la gente que puebla Segovia. A su alrededor, los muros la contienen y definen, separando el ambiente urbano de las viejas huertas ya casi olvidadas.