El viento soplaba en el bosque y una ligera brisa balanceaba lentamente el puente. Para atravesar el río, teníamos que cruzar esa pasarela de madera, que a todos nos parecía inestable. Alguien del grupo dijo que no era una buena idea caminar sobre ella, pero ya era muy difícil volver sobre nuestros pasos porque se nos echaría la noche encima antes de alcanzar el pueblo. “Yo me pido la primera para cruzar”, dijo una de las niñas levantando uno de sus brazos. Se acercó al puente y echó un pie, luego otro; agarrada con fuerza a las cuerdas, andaba muy despacio y en silencio. Del grupo salió una voz: “No te sueltes, no te detengas, no mires a los lados, así mantienes el equilibrio y todo es más fácil”. Al minuto, la niña ya estaba en el otro lado del río. Estaba tan contenta que el puente respondió a sus brincos con un balanceo mayor. En la vida es importante mantenerse en equilibrio para alcanzar las metas. Los miedos y las inseguridades nos paralizan, por eso es mejor no mirar al vacío y avanzar con valentía. La mejor receta: la unión equilibrada de espíritu, mente y cuerpo. Todos cruzamos el río sin problemas y llegamos al pueblo cuando la luz todavía caía sobre las casas.