Son las cuatro de la tarde y el hombre orquesta llevaba ya unas horas tocando en pleno centro de la ciudad. Algún transeúnte despistado se paraba y echaba unas monedas, pero eran los menos. Es dura la vida del músico callejero cuando el público se hace de rogar, pensé. Aquel hombre aporreaba con fruición la batería, que sonaba a una vieja lata vacía, y los sonidos que invadían la calle me recordaban a los de un gato deslizándose por un tejado de pizarra. En todo caso, lo importante es perseverar en lo que uno hace. Ya lo dijo el filósofo y escritor español Miguel de Unamuno (1864-1936): “El modo de dar una vez en el clavo es dar cien veces en la herradura”.