Mientras daba un paseo por la Plaza Mayor de Segovia me encontré con decenas de personas, en su mayoría niños, que alzaban los brazos con rostros de felicidad. En ese momento me vino a la mente uno de los gestos quizá más hermosos que conozco: cuando los niños abren sus brazos para invitarte a que los abraces. En un mundo tan individualista como el que vivimos, no conozco inversión con mayores beneficios para una sociedad que educar a los niños en las emociones compartidas.