Un sutil manto de oro cubrió las calles empedradas, los tejados de las viejas casas, los campanarios de las iglesias. Esa luz asombrosa del atardecer transformó el Alcázar de Segovia en un castillo de ensueño. Aquella niebla dorada, tan cautivadora, se disipó en unos minutos. Así entró la noche.