Admiro a los valientes que no se achican ante los malos presagios. “Yo que tú me daría la vuelta”, le dije a este joven corredor, mientras le señalaba un cielo cada vez más negro. “Descuida, en el peor de los casos solo me mojaré un poco”, me contestó mientras calentaba sus músculos. El hombre arrancó a correr y se perdió pronto en el horizonte, en la línea que formaban un cielo negrísimo y la hierba ya mojada. En un instante, las gotas aisladas dieron paso a una tremenda tromba de agua. Yo pude guarecerme bajo el tejado de una casa cercana, quería limpiar con fruición mi cámara, que no había podido finalmente proteger de la lluvia. Pasados unos veinte minutos, el joven reapareció a lo lejos, todavía corriendo con energía, empapado de pies a cabeza; el agua corría por su cara, descendía por su ropa y desembocaba en unas zapatillas, que eran blancas y que ahora estaban ocultas bajo un espeso barro. Con una sonrisa el joven se acercó a mí para decirme: “Ves amigo, solo es agua ¿Por qué tanto miedo?” Tiene razón, pensé, no hay obstáculo que venza a la determinación.