Su habilidad lograba que las fuerzas que actuaban sobre su cuerpo se compensaran y se anularan unas a otras: así conseguía el equilibro en el aire. Sostenido sobre unas cuerdas, el joven que giraba sobre nuestras cabezas provocaba nuestro asombro y, a la vez, el temor de que se desplomara en cualquier momento: flotaba en el aire y era maravilloso. Pero no solo en las actividades circenses el equilibro es fundamental, también lo es, por ejemplo, en nuestras actividades económicas o en nuestro estado mental. Se habla de que los presupuestos de un Estado deben ser equilibrados o de que los individuos felices son los que encuentran sintonía entre su cuerpo y su mente. Utilizamos el equilibrio como un estado ideal de existencia: nos garantiza estabilidad y seguridad ante cualquier circunstancia. Lo peligroso es que solo busquemos ese equilibrio de forma individual y nos despreocupemos de los grandes desequilibrios colectivos. Una sociedad con desequilibrios es una sociedad enferma. Pongamos remedio.