Según el historiador Alonso Zamora Canellada, los pilares de los arcos centrales del Acueducto de Segovia tienen unos cuatro metros enterrados bajo el suelo actual. Es decir, su altura es aún mayor de los casi treinta metros que conocemos en su parte más elevada. Sin duda, estamos ante una construcción fabulosa. Los más viejos del lugar cuentan una leyenda que explica la construcción del monumento, símbolo de la ciudad. Nos dicen que es obra del mismísimo diablo. Ahí es nada. Todo se remonta a la historia de una joven segoviana, que se lamentaba amargamente porque todos los días tenía que traer el agua del río en cántaros hasta su casa. Desesperada por tan duro trabajo, la moza invocó al diablo rogándole ayuda. A cambio de su alma inocente, el diablo construiría un acueducto en tan solo una noche y antes de que saliera el sol de la mañana. En la oscuridad, el diablo trabajó con la determinación de que al finalizar su obra tendría el alma de aquella ingenua. Según la leyenda, el primer rayo de sol sorprendió al diablo cuando solo le faltaba por encajar una piedra. Y así el maligno perdió el alma prometida y Segovia ganó la fama de ser una de las ciudades más bellas de España.