Ese ojo encendido de la paloma era la viva imagen del espanto, o eso quise yo imaginar. No se movía ni un milímetro de la fuente donde descansaba, impasible, congelada, fija en mí. Si aquella mirada hubiese sido humana, habría sido la de un alma con miedo, pensé. Al aproximarme más de la cuenta, la paloma se espantó; se lanzó a volar con tanta rapidez que se me hizo difícil seguir su trayectoria con la vista; al final se la tragaron los tejados. La mirada de esa paloma era una mirada paradójica: efímera y a la vez imborrable.