En una mañana soleada, un niño juega con su aro en el centro de la ciudad ante la indiferencia de todos. Dicen que la práctica del juego es fundamental para el desarrollo físico e intelectual de los niños. El juego no solo tiene como fin último la diversión; con él también se favorece la inteligencia, se estimula la creatividad, la imaginación y se logra una mejor adaptación social. Pero el juego no es solo cosa de niños; en la edad adulta, el juego también supone beneficios, disminuye el estrés, aumenta la felicidad y combate mejor el aburrimiento. Pablo Neruda dejó escrito: «El niño que no juega no es niño, pero el hombre que no juega perdió para siempre al niño que vivía en él y que le hará mucha falta». Por eso, siempre hay que jugar: así nunca perderemos el contacto con nuestro niño interior.