Es irremediable. En febrero hay días que no le sientan bien a Segovia. Hoy era uno de ellos; era una jornada de invierno realmente desapacible: al frío de esta época del año se había añadido una ligera lluvia, que volvía peligroso el suelo de adoquines. Apenas circulaban coches por el centro de la ciudad; los transeúntes se metían en los portales de sus casas y dejaban solas las calles. Entonces vi que en un charco de la plaza del Azoguejo, los arcos del Acueducto romano se reflejaban en el agua quieta. Pensé que ahí estaba la esencia de Segovia: el Agua y la Piedra, los dos elementos que dieron sentido a esta ciudad y que forjaron el carácter de sus habitantes.