Se oye el sonido de motores en la calle San Francisco y el suelo tiembla. De repente, unos formidables automóviles de otros tiempos irrumpen para adentrarse lentamente en la plaza del Azoguejo, a los pies del Acueducto. Una imagen de antaño, pensé. Solo por curiosidad sería divertido tener la capacidad de vivir en esta ciudad en tiempos ya pasados, y así comprobar cuál es su esencia, lo que no cambiará nunca, lo perenne, lo que es eterno. ¡Quién pudiera hacerse con una máquina del tiempo!