Al borde del camino, los árboles se han quedado desnudos de hojas. Se dan un respiro a la espera de resucitar en primavera. Ahora duermen replegados sobre sí mismos – son figuras esqueléticas- y sus ramas, que se enredan en laberínticas telarañas, no son más que brazos muertos congelados por el invierno. Todos sabemos que esta aparente falta de vida es transitoria: despertarán con el buen tiempo. Goethe escribió: «A veces nuestro destino se asemeja a un árbol frutal en invierno. ¿Quién pensaría que esas ramas reverdecerán y florecerán? Mas esperamos que así sea, y sabemos que así será.»