“Los ojos de una persona nunca mienten”, me decía una amiga mientras apurábamos un café en un bar de las afueras. Ella estaba convencida de que la expresividad de la mirada nos delata irremediablemente. No quise contradecirla. Abandoné el establecimiento solo y, tras pensar en aquello que me había dicho, no pude evitar fijarme en los ojos de las personas de la calle que se cruzaban conmigo; me había propuesto adivinar si enfrente de mi tenía a un individuo rencoroso, humilde, altivo o indefenso. El experimento acabó cuando me crucé con un niño: ahí no pude reconocer nada. En la mirada de los niños está todo por escribir.