Tomaba mi caffé macchiato y enseguida confirmé que las dos chicas que tenía enfrente poseían esa fuerza de carácter que solo tienen las mujeres del sur. Manuela Fusco y Francesca Piccolo son dos amigas italianas que trabajan en el departamento de Admisión de IE University en Segovia. Había quedado con ellas en una coqueta trattoria siciliana, frente al imponente Acueducto, un local en el que saben dar el punto justo a la pasta y encuentras unos postres ciertamente sublimes.

De Manuela, napolitana y profesora de italiano en sus ratos libres, me llamó la atención la determinación en todo lo que decía. Sus ojos azules y su pelo negro, largo y cuidado, casan perfectamente con la imagen que todos tenemos de la mujer brava italiana: una chica de carácter. ¿Qué te parece la ciudad?, le pregunté. “Segovia es una ciudad alla mano, es muy segura y acogedora”, me reconoció. Giró sus ojos eléctricos hacia las paredes del local –decoradas con dibujos coloristas de actores italianos, vespas y spaguettis– y añadió: “Yo vengo mucho por aquí, es un pequeño trocito de mi país, y además está junto al Acueducto, que hicieron los romanos, qué más puedo pedir; no hay tanta nostalgia de Italia”.

Mientras me cuenta esto, observo que los ojos de Francesca no son azules como pensaba sino verdes. Es de Messina, la histórica ciudad ubicada junto al mar, conocida como la puerta de Sicilia. Su figura, aun siendo delicada, transmite muchísima fuerza. Tras un poco de charla constato que esa aparente sutileza es un torbellino creativo. Supe entonces que Francesca adora la música y se dedica a cantar. Me dijo que colabora con una pianista de Segovia, Carla Marazuela, en un proyecto musical en el que juntas hacen versiones de canciones populares.

Francesca y Manuela son felices en esta ciudad. No obstante, Francesca me confiesa: “Segovia tiene su encanto, pero me preocupa el frío del invierno”. Mira a Manuela y le dice: “Sueño con el mar todas las noches, nunca me había pasado esto en la vida, lo echo de menos”. Una siciliana sin mar es algo imperdonable, pensé. Habría que transportar todo el Mediterráneo a los pies del Acueducto.