En los alrededores del Acueducto puedes pasar las horas muertas viendo pasar a muchísima gente de los más diversos tipos. A los pies del monumento hay una verdadera torre de Babel, una legión de visitantes, todos ellos armados de móviles y cámaras fotográficas. Una cosa que me llama poderosamente la atención: da igual en qué época nos encontremos, siempre hay a la vista un paraguas. Se utiliza indistintamente para protegerse del sol –implacable en verano- o de la lluvia, o para agrupar a los turistas. Es lo que tiene vivir en una ciudad que acoge a gente de todo el mundo.