La Plaza Mayor de Segovia es un buen lugar para pasear ahora en otoño, cuando las temperaturas son todavía amables, o para tomarse un café en alguna de sus terrazas. Segovia respira ese aroma de ciudad de provincias, sobre todo por las tardes, donde el tiempo se ha congelado o, por lo menos, transcurre aparentemente lento, como si el mundo fuera a otra velocidad y la ciudad siguiera su propio ritmo. Rechazo los tumultos, las marabuntas, el gentío y el ruido de las grandes urbes: yo me quedo con Segovia, que aunque parece viejita y que se mueve al dictado de un reloj de arena, sabe que así, en una cadencia pausada, nunca perderá su esencia de pequeñísima gran ciudad.