No podía resistirse a jugar con esas sombras que se encontraba por el pasillo. Lo hacía desde que descubrió los dibujos, tan geométricos y perfectos, que los días soleados proyectaban sobre el suelo. Cada día, intentaba pisar el menor número de sombras, esquivarlas el máximo, pero era muy dificultoso: los pies siempre acababan manchados por la oscuridad. De luces y de sombras, así están hechas las trayectorias de los hombres.