No he conocido mayor libertad que la que tuve en mi niñez. En las tardes calurosas de agosto, los chicos quedábamos para montar en bicicleta. De vez en cuando, imaginábamos que éramos unos vaqueros del salvaje oeste en busca de aventuras; aquel territorio eran las calles de nuestro barrio; y los caballos eran unas destartaladas bicicletas que llevábamos siempre al galope. No faltaban las caídas, los pequeños accidentes, los arañazos y las pequeñas heridas en los brazos y las piernas. Así, entre juegos sin descanso, saboreábamos el valor de la libertad. Sentirse libre, caer y luego levantarse: solo así los niños aprenden, solo así se empiezan a forjar los hombres.