Ella es Chloe, una niña muy vivaracha que, sin conocer al perrito, lo atrajo hasta sus brazos con un gesto cariñoso. ¿Es tu perro?, le pregunté mientras no dejaba de acariciar al animal sin levantar la cabeza. “No es mío, nos acabamos de conocer, ha venido hasta mí y se deja querer”, me respondió. ¡Cuánta paz en aquel perro; cuánta ternura y amor en los brazos de esa niña¡ Ante mí se presentó la imagen de la más pura inocencia.