De pequeños, tan inconscientes, solíamos ir a jugar a la vieja estación en una zona de vías abandonadas. Algunos teníamos cierto grado de responsabilidad y no andábamos mucho rato por las traviesas de madera: nos daba miedo que, de la nada, apareciera el tren. De lejos, contemplábamos la llegada y salida del ferrocarril. Cada cierto tiempo llegaba un tren, dejaba y cargaba pasajeros y se marchaba silbando. Nunca entendí aquello de que hay trenes que solo pasan una vez en la vida: siempre hay uno al que te puedes subir o bajar. Ahora ya poca gente visita la vieja estación; circulan ya muy pocos trenes por ella, ahora preferimos el AVE, rapidísimo, símbolo de la modernidad de un país. Lo reconozco: tengo nostalgia de aquellos trenes que siguen muy vivos en los recuerdos de mi infancia.