Nadie duda de que el Acueducto de Segovia, con sus ciento sesenta y siete arcos de piedra granítica del Guadarrama, es demasiado grandioso. El monumento romano no se conforma con que admiremos cada mañana sus soberbia figura, sus veintiocho metros de altura y sus ochocientos trece metros de longitud. Lo he comprobado: cuando se abre el día, necesita proyectar su sombra por los edificios colindantes. Son los caprichos de un gigante de más de dos mil años de historia…