Hay un simpático legionario que custodia con celo la entrada del Alcázar, igual que don Quijote, que veló armas en el patio de un castillo. Este romano no tiene una hermosa doncella a la que venerar despierto, pero sí a muchos turistas a los que seducir desde su puesto de guardia, con ese porte cómico de un personaje de “Astérix el Galo”. De aquella herencia romana nos queda, entre otras muchas joyas, el Acueducto y este singular soldado, clavado en la puerta de nuestra mejor fortaleza, esperando a que una legión de turistas se haga la foto a cambio de la voluntad.