Eran maravillosos aquellos años de la infancia en los que vivíamos en la inocencia. En la juventud se camina por campos sin trincheras. Con el paso de los años el hombre llega, aparecen las ataduras y los precipicios; somos menos libres, nos hacemos conscientes de que la vida va en serio. Pero si un día de calor nos atrevemos a meter la cabeza bajo una fuente, esa libertad, primigenia e inocente, vuelve a nosotros.