Llevábamos los dos un buen rato hablando de asuntos sin importancia. Aquella tarde salimos por fin juntos a dar una vuelta y sin percatarnos, nos habíamos alejado del corazón de la ciudad. En un momento, la agarré de la mano y la obligué con suavidad a detenernos en mitad del camino. “Perdona que te interrumpa, pero no nos estamos dando cuenta de lo que tenemos enfrente ¿Has visto qué maravilla? “, le dije mientras notaba que a ella se le iluminaban las pupilas como una lámpara que se enciende de repente. Con la catedral de testigo, cortamos aquella conversación centrada en la nadería y nos acercamos a la valla para contemplar el paisaje; allí estuvimos un buen rato hablando de grandes historias del pasado (y también del presente que empezábamos en ese momento a compartir). La belleza de Segovia había sido, una vez más, mi mayor cómplice.