En las frías mañanas de otoño un manto de niebla suele visitar Segovia mientras un halo de misterio ciñe a la vieja ciudad. Para el paseante, las calles son lugares propicios para emboscadas de nostalgia. En lo alto, la dama de las catedrales observa cómo la neblina se disipa lentamente y se hacen visibles sus habitantes.