Parecía una ventana en la que adentrarse pero era una balsa de agua que dejó la lluvia. En la Plaza Mayor, la Catedral ha cogido el hábito de reflejarse siempre en el mismo sitio. Odio pisar los charcos y mojarme los zapatos, pero alguien pasa con celeridad y enturbia el agua, y aquella catedral de espejo desaparece; casi al instante la imagen regresa temblorosa. Vuelvo a ver esa ventana conocida. Llego a la conclusión de que la Catedral de Segovia es eterna también en los charcos.