La paloma alzó el vuelo con gran velocidad debido a mi presencia impertinente. Ella estaba posada en lo alto de una farola y pude “cazarla” con la cámara del móvil antes de que huyera. ¿Una paloma solitaria en un jardín tan extenso? Aquello me resultaba muy extraño. Volvió entonces a mi memoria una mítica canción mexicana, una de las más bellas y tristes que conozco, “Cucurrucucu Paloma”, que en la voz sentimental de Caetano Veloso ahoga el alma de todo el que la escucha: “Dicen que por las noches no más se le iba en puro llorar; dicen que no comía, no más se le iba en puro tomar; juran que el mismo cielo se estremecía al oír su llanto; cómo sufría por ella que hasta en su muerte la fue llamando”. Escrita en 1954 por el mexicano Tomás Méndez, la canción nos habla de un hombre afligido por la tristeza de un amor no correspondido y de una pena, que puede ser eterna si el origen es la melancolía. La canción cuenta que ese hombre regresa tras su muerte convertido en paloma; él aún conserva la esperanza de recuperar a su amada. Pero no hay vuelta atrás: aquella mujer es una piedra (“Las piedras jamás, paloma, qué van a saber de amores»). Me alejé del lugar silbando la canción mientras el suelo gris se oscurecía aún más con la lluvia. No merece la pena sufrir por un amor, lo saben las palomas, y también deberían de saberlo los hombres.