En los días que se presumen luminosos, el Acueducto tiene la costumbre de arropar desde muy temprano los tejados cercanos con una sombra protectora. La explanada donde se asienta el monumento no es más que una gran sombra rasgada por la luz que se fuga entre sus arcos. Si la sombra del ciprés es alargada, bella y triste, la sombra que proyecta el Acueducto es la de cientos de cipreses, pero esta vez bellos y alegres.